EL ASESINATO

El 6 de agosto de 1875 el Palacio De Carondelet en Quito fue escenario del asesinato del presidente Gabriel García Moreno.

El mandatario ingresaba al Palacio por la escalinata sur, luego de rezar en la vecina Catedral, cuando un grupo de conspiradores liberales apostados entre las columnas procedió a atacarlo a tiros y machetazos. El grupo estaba conformado por el colombiano Faustino Lemus Rayo, ex militar que había servido al Gobierno garciano y que lo atacó con salvaje saña con un machete, y los jóvenes intelectuales liberales Roberto Andrade, Manuel Cornejo, Abelardo Moncayo y Manuel Polanco, armados con pistolas.
El edecán Manuel Pallares, que lo acompañaba, no pudo protegerlo, y él mismo no tuvo tiempo de usar el revólver que siempre portaba. García Moreno cayó mal herido del atrio del Palacio hacía la Plaza, y falleció una hora después al pie de un altar de la vecina Catedral Metropolitana, cerca de las 13:30
García Moreno murió el 6 de agosto de 1875
Una placa de piedra recuerda el lugar del crimen con la siguiente leyenda: "Dios no muere. Aquí cayó asesinado el presidente de la República, Dr. Gabriel García Moreno, el 6 de agosto de 1875". Llevaba en la mano un legajo de papeles y éstos quedaron ensangrentados tras el ataque. Los asesinos gritaban "libertad" y le acusaban de tirano. Mientras agonizaba se lo escucho clamar "Dios no muere".
Faustino Lemus Rayo intento escapar por la Plaza de Independencia  pero cuatro soldados del cercano cuartel del Batallón Número 1, que se encontraba en los edificios que albergan al Centro Cultural Metropolitano de Quito en la actualidad, le dieron alcance y le hirieron con espadas. Lo arrestaron y lo conducían al cuartel cuando un cabo de raza negra, llamado Manuel López, le disparó con su fusil y lo mató.
Así lo relató un testigo presencial:
"Mariano Carrión, Sargento del batallón No. 1º. -refiere ... que Rayo enderezó para la pila (fuente de agua que estaba en el centro de la Plaza) a donde le siguieron el testigo, el sargento Rodríguez y el Teniente Buitrón, quien daba la orden de matarlo, por lo que el exponente le flechó el espadil, y a pocos pasos de pasada la pila, ambos sargentos le flecharon nuevamente los espadiles, y cayó en tierra el asesino Rayo; que después que le condujeron con dirección al cuartel, y casi en media plaza, les encontró el Capitán Barragán, quien tomó del brazo a Rayo, y lo llevó para la esquina de la botica (esquina de la plaza y la calle del cuartel, actuales calles García Moreno y Espejo), pasada ésta se presentó el cabo Manuel López y diciendo: "Abranse", le disparó un tiro de rifle con el que cayó el expresado Rayo".4

Uno de los implicados en el magnicidio, el escritor liberal Roberto Andrade, aseguró que el propio ministro de Guerra de García Moreno, el general Francisco Javier Salazar, fue cómplice del crimen, por lo que el Ejército no protegió al presidente y López asesinó a Rayo antes de que pudiera ser interrogado. Los soldados de Salazar llegaron a la Plaza solo a constatar la muerte del Presidente, y les tomaron fotos junto al cadáver. Los restos de Rayo fueron abandonados en la calle, frente a Palacio. Un cuñado de García Moreno, según Roberto Andrade, se encargó de profanarlos:
"Muerto ya, Rayo, apareció un cuñado de García Moreno llamado Ignacio Alcázar, se aproximó al cadáver de Rayo echando una nube de improperios, dióle puntillazos, sacó el revólver y disparó sobre el cadáver varios tiros. Desde entonces le han llamado en Quito el matamuertos. El y otros mandaron en seguida a sus domésticos arrastraran el cadáver de aquel valiente colombiano y lo arrojaran en (el cementerio de) S. Diego. Esto han llamado venganza del pueblo. Tales hechos no se ven sino cuando gobiernan esos hombres."5
Los otros conjurados fueron perseguidos por ocho años, pues el asesinato estaba penado con la muerte.
El propio general Salazar, quien se encontraba en su despacho en el Palacio de Gobierno, salió por una puerta lateral hacia el vecino cuartel, en donde detuvo a los soldados lo que facilitó la acción de los asesinos.
El general Salazar declaró sobre el día del crimen:
"Hallábame en el local del ministerio de guerra, tranquilamente ocupado de la redacción de uno de los proyectos que debía presentar al Congreso, cuando se oyó confusamente un tiro como por la plaza, al que siguieron a pocos momentos y en rápida sucesión otros y otros, que causaron cierto murmullo alarmante en la calle del cuartel. Sobresaltado con esto, dejo mi asiento, tomo mi bastón de estoque, única arma que tengo a la mano, salgo a la calle mencionada, oigo alboroto en la plaza, corro hacia ella, y apenas he dado unos doce pasos, resuenan las voces de "murió el presidente, mataron al Sr. García". Al instante se me ocurre la idea de que ese asesinato no podía ser sino el preliminar de un ataque al cuartel, o de una revolución de las tropas. Vuelvo, por lo mismo, sobre mis pasos, y voy a situarme en el punto probable de peligro: encuentro en la prevención soldados que tratan de salir en tropel armados de sus rifles; les ordeno que regresen al patio; y mando a los capitanes se pongan a la cabeza de sus compañías, y que los formen en batalla. Hecho esto con la rapidez del relámpago, anuncio a la tropa el feroz atentado que se acaba de cometer, y le exhorto a sostener con lealtad el orden constitucional y al representante de la República. Para probar el espíritu de los soldados, concluyo mi corta proclama con la voz de: Viva el Gobierno! El batallón repite estas palabras con entusiasmo. No vacilo entonces en mandar despejar hasta una cuadra en contorno los grupos de gente que se acercaban; éstos obedecen al instante y se retiran"
Para los ideólogos del liberalismo ecuatoriano, como Juan Montalvo, el crimen fue un tiranicido , justificado ante el gobierno despótico de García Moreno. Montalvo hizo varias alusiones a los tiranicios de la antigüedad, como el asesinato de Julio César, al comentar el fin del presidente conservador. De la misma manera se justificó Roberto Andrade, el más destacado intelectual y político que participó en el crimen. Pero tanto Montalvo cuanto Andrade parecían estar convencidos de que Salazar, que había conocido de la conspiración para matar al presidente con anticipación, no la detuvo para beneficiarse políticamente de ella

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